TEMPORADA 3 EPISODIO 3:

Estás cancelado: los tuits del pasado podrían volver por vos

Conduce Tomás Pérez Vizzón. En lo digital hay una modalidad específica para manifestar el rechazo a una persona: cancelarla. Es hacerle un boicot socio-cultural por una conducta o frase políticamente incorrecta. Por distintos motivos, Pampita, Sarah Silverman, Araceli González, Kanye West o Taylor Swift son algunos ejemplos de los últimos meses. En este episodio de Todo es Fake, nos preguntamos por el pasado y por el futuro: ¿Quién puede resistir la revisión de un tuit que se publicó 5 o 10 años antes del juicio moral en las redes?

Ilustración: Esteban Rauch / Producción: Florencia Maseda

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Volverse hashtag: el poder de la cultura de la cancelación

Por Florencia Maseda.

¿Qué les espera a las generaciones centennials o post-digitales cuando reconozcan que no sólo tienen un pasado en sus propias conciencias sino que también han construido una huella digital de todas sus opiniones? “Producción, ponganme el tape” decían los conductores de la televisión de la tarde para evaluar si la persona sentada en el piso era capaz de resistir archivo. Quién le hubiera dicho a los embrionarios usuarios de Twitter allá por los 2000 y algo que aquellas opiniones plasmadas en la plataforma de microblogging podrían llegar a marcar sus trayectorias del presente.

La cúspide de la invasión de internet y el mundo virtual en el seno de nuestras relaciones sociales se da a partir del momento en que incluimos en nuestro vocabulario acciones propias de la actividad en redes: ya no buscamos información, googleamos. Ya no opinamos, tuiteamos.

En este sentido la palabra “cancelar” fue también resignificada. La clásica opción de recuadro gris heredada de la tecnología informática que nos permitía desechar una acción indeseada hoy es retomada por el universo de Twitter para llevar a cabo el mismo procedimiento. No sólo podemos cancelar una cuenta o desechar un cambio en un documento de word, también es posible cancelar personas.

La cancel culture o call out culture en inglés es un fenómeno nativo del desterritorializado Twitter norteamericano que ya forma parte del feed nacional. Es común leer cada tanto que se han reflotado opiniones o tweets antiguos de personalidades del espectáculo y la política, resultando en la sentencia “X está cancelado”.

El término call out significa exponer, llamar la atención o llevar al estadio público algo. La cultura del call out comenzó a ganar notoriedad a partir del uso de hashtags por parte de distintos colectivos feministas y sectores del activismo afroamericano para denunciar actitudes sexistas, homofóbicas y discriminatorias en pos de visibilizar situaciones e historias que hasta ese momento eran silenciadas por los medios tradicionales. La lógica del viral que posibilita la interfaz de esta red sirvió como megáfono para expresar aquello que el establishment mediático y el lobby de los grandes empresarios del showbiz lograban mantener en el rumor. 

Sin embargo, rápidamente esta práctica fue apropiada y aquello que en un momento fue un instrumento para llamar la atención devino en una herramienta de posicionamiento de la propia subjetividad virtual. Este es el momento de transformación donde la call out culture mutó en cultura de la cancelación por la acción de una deformación natural que el uso de la red promueve. 

 Para que una cancelación pueda ser efectiva es necesario que exista un comportamiento u opinión reprochable por parte de una persona pública y un soporte que respalde como prueba aquel dicho. Los tópicos por los cuales alguien puede estar sujeto a una posible cancelación se mueven a lo largo de un amplio espectro: desde Kanye West sugiriendo que la esclavitud es una elección hasta Araceli González contando en televisión que no se creía feminista porque amaba a su hijo varón y a su marido.

Si hacemos una revisión de todos los casos de artistas y políticos que han sido cancelados nos será extremadamente difícil llegar a un consenso respecto de cómo está conformada esta lista. Araceli fue rápidamente descancelada una vez que reconoció que había opinado sin saber pero Sarah Silverman perdió un contrato de trabajo después de que resurgieran imágenes de ella en un sketch con la cara pintada de negro. En esta misma línea se encuentra el director de cine James Gunn quien fue despedido por Disney cuando salieron a la luz varios tweets ofensivos y tiempo después recontratado.

Twitter puede considerarse como un ágora virtual donde es ampliamente valorada nuestra producción personal. Sin embargo, el diseño de su interfaz (de su territorio) condiciona severamente las posibilidades de comunicación que allí tienen lugar.

Nuestro time-line o inicio está configurado de una u otra manera dependiendo a qué personas sigamos, qué comentarios solemos likear y retuitear. El algoritmo ha sido perfeccionado para que no se cuele en nuestro campo de visión nada que nos haga sentir incómodos, ya que la tendencia interactiva es siempre positiva.

Como señala José Van Dijk en su libro “la cultura de la conectividad” (2016) respecto de cómo la interfaz modifica nuestras formas de socializar, la autora refiere: “En sus comienzos, seguir significaba conectarse con alguien con propósito de interacción e intercambio. Poco a poco, el término pasó también a significar comprar sus ideas”.

En este sentido, todas nuestras actividades en la plataforma configuran y dan forma a nuestra propia subjetividad virtual. Una que hemos curado y adaptado al objetivo que quiera cumplir nuestra personalidad online: si queremos ser interpretados como personas serias no compartiremos memes o chistes, si queremos ser vistos como intelectuales nuestro perfil estará repleto de información y si a su vez deseamos ser percibidos como personas comprometidas señalaremos aquellas conductas que no se ajusten a nuestro código moral.

Como ha sido explicado por Byung Chul Han en su libro “En el enjambre”, el universo digital no es un territorio en el que la acción colectiva devenga en un nosotros sino que establece las condiciones para generar una sociedad de individualidades aisladas. El espacio virtual, y en especial el territorio de Twitter, condiciona la construcción de la subjetividad del usuario a partir de la necesidad de ensamblar la propia identidad en relación con aquello que opinamos, retwitteamos y likeamos. 

Es así que la cultura de la cancelación se posiciona más como un mecanismo de autosatisfacción que como una forma de hacer escuchar otras voces o de ayudar a construir una sociedad mucho más empática e inclusiva.

Basta con preguntarnos qué ha sido de todxs aquellxs que han sido abiertamente cancelados o con interrogarnos acerca de qué haríamos nosotrxs al enfrentarnos con nuestras opiniones de hace 5 años. Quizás allí esté la respuesta acerca de si verdaderamente estamos comprometidxs con un cambio social o si simplemente queremos ser activistas del tweet.